Por: Rómulo Mucho, exministro de Energía y Minas.La transición energética global ha alcanzado un punto de inflexión en los últimos tiempos. Durante la pasada década, el debate se centró en metas climáticas, tecnologías limpias y compromisos políticos. Hoy, ese enfoque resulta insuficiente. El verdadero límite de la transición ya no es una ambición, sino la velocidad con la que el mundo puede convertir recursos minerales en un suministro responsable, continuo y socialmente aceptado. Y ningún metal expresa mejor esta tensión que el cobre.Las proyecciones más recientes indican que, a partir de este año, el mercado mundial del cobre podría entrar en una escasez estructural, debido a varias razones, en ese marco se estima un déficit de entre 150 a 350 mil toneladas en 2026. La razón es simple: la electrificación global, los vehículos eléctricos, redes de transmisión, energías renovables y su almacenamiento, centros de datos e inteligencia artificial, están impulsando una demanda a un ritmo muy superior a la capacidad de respuesta de la oferta.Analistas internacionales coinciden que la demanda de cobre podría incrementarse entre 70% y hasta 100% hacia el 2050. Para estimar las inversiones requeridas, calculamos el promedio de inversiones en proyectos ejecutados en los últimos años a nivel global. Son necesarias inversiones del orden de los US$ 20 mil a US$ 22 mil millones por cada millón de toneladas de cobre fino producido. Eso significaría inversiones del orden de US$ 17 mil a US$ 20 mil millones por año en proyectos de cobre, la realidad parece estar lejos de ello.Respecto al mercado, en el último año, el precio del cobre ha subido cerca de 40% hasta llegar a US$ 12 mil la tonelada y va para más, alcanzando máximos históricos. No se trata de un ciclo especulativo más, sino de una señal clara: los proyectos mineros tardan más en desarrollarse, los permisos son más complejos y la nueva oferta no llega al ritmo que exige la electrificación.Los minerales críticos han pasado de ser insumos industriales para convertirse en activos estratégicos de seguridad nacional, economía y política industrial. Cobre, litio, wolframio, níquel, grafito, cobalto, manganeso, tierras raras y otros, son hoy reconocidos como pilares de la competitividad tecnológica, autonomía energética, la transición climática y poder geopolítico.Sin embargo, el mensaje estratégico va más allá de la extracción: la soberanía mineral exige cadenas de valor completas, integrando exploración, minería, procesado, refinado y reciclaje. Sin metalurgia avanzada y economía circular, no hay autonomía real.Después de la gran lección que ha dado China al mundo, que domina hoy la producción, refinación y utilización de estos minerales en porcentajes que van del 60% al 90%, ha quedado demostrado que el suministro global está en alto riesgo.Mientras el mundo redefine su estrategia, Perú y Latinoamérica emergen como una región clave para cerrar la brecha global de suministro. Nuestro continente concentra algunos de los mayores recursos de cobre y otros minerales críticos, pero enfrenta un desafío central: la creciente complejidad social y ambiental que rodea a los proyectos mineros.Esto pese a que la minería ha respondido elevando sus estándares operativos. Hoy existen unidades mineras que reciclan hasta 95% del agua utilizada, despliegan centenares de puntos de monitoreo ambiental permanentes, invierten decenas de millones de dólares en electrificación para reducir emisiones en torno al 30%, e incorporan tecnologías como drones y sistemas digitales para mejorar seguridad y eficiencia. Estos avances reflejan una transformación real del modelo operativo.En ese entendido, queda claro que la transición energética no fracasará por falta de ideas ni de tecnologías, sino por falta de ejecución. El cobre es hoy el termómetro más preciso de esa tensión. En adelante, el liderazgo energético y tecnológico no se definirá solo en cumbres climáticas o planes de descarbonización, sino en la capacidad de los países para convertir recursos geológicos en desarrollo industrial responsable.La pregunta estratégica ya no es si habrá escasez, la verdadera pregunta es quién asumirá el liderazgo político e industrial para gestionarla y quién quedará rezagado pagando el costo económico, tecnológico y geopolítico de no haber actuado a tiempo.